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No sé si lo despojaron de otras pertenencias, pero al obispo emérito de Chilpancingo-Chilapa, Salvador Rangel Mendoza, sus secuestradores le ordeñaron su dinero en cajeros automáticos durante las más de 24 horas que lo mantuvieron retenido para después, por fortuna, liberarlo.

La Fiscalía de Morelos lo localizó internado y en condiciones estables de salud en el hospital general “José G. Parres” de Cuernavaca, al que llegó auxiliado por dos paramédicos de algún servicio privado.

Su desaparición puso en alerta roja a las corporaciones militares y policiacas.

Rangel es uno de los pocos ministros de la Iglesia católica que han buscado, mediante el temerario diálogo con líderes de bandas criminales, frenar o disminuir la inseguridad y la violencia que azota a la población de varios municipios guerrerenses.

En meses recientes, medió entre Los Ardillos y Los Tlacos, que dominan el negocio del transporte público y que, con extorsión, violencia, quema de unidades y asesinato de choferes, flagelan la región.

Al obispo se le había visto por última vez la noche del sábado en Jiutepec, Morelos, cuando salía con rumbo a Chilpancingo.

No es la primera ocasión que los santuarios criminales de Morelos y Guerrero, con los deplorables y omisos gobernadores cuatroteros de Evelyn Salgado y Cuauhtémoc Blanco, se entrelazan en desgracias de altísimo impacto.

Baste recordar la noche de Iguala, terreno de disputa entre las bandas Guerreros Unidos y Los Rojos, de cuya escisión surgieron Los Tlacos.

En aquella ocasión, El Carrete, líder de Los Rojos en la región de Morelos, dispuso el traslado de los normalistas de Ayotzinapa a Iguala, con el trágico epílogo que conocemos.

Luego de esa tragedia, Los Ardillos hicieron presencia en la normal rural para llevarse (secuestrar) a líderes normalistas coludidos con Los Rojos.

De aquellos días a hoy, las cosas en Guerrero siguen igual de desastrosas.

El obispo Rangel ha defendido su decisión de intentar pacificar su diócesis, pese a que ha sido amenazado de muerte.

A Joaquín López-Dóriga le dijo (Radio Fórmula, 22 de febrero) que la violencia es galopante en Acapulco, Taxco, Chilapa, Zihuatanejo, Iguala y Petatlán.

Los gobiernos estatal y federal, denunció, “le soltaron las manos a los narcotraficantes. Se obstinan en tapar el sol con un dedo”, y reprochó que la gobernadora, el secretario de gobierno “y don Félix (Salgado Macedonio, padre de Evelyn) se empeñan en decir que las cosas van bien”.

No duda de que a los delincuentes debe aplicárseles la ley, pero cree en el diálogo y reivindica logros como la liberación de secuestrados gracias a su intervención.

Al fin pastor, ve a los delincuentes como “personas de carne y hueso, con sentimientos. También tienen su problemática, pero si uno les da confianza ellos cooperan”.

Pues quienes lo hicieron víctima del secuestro exprés “cooperaron”: no quisieron cargar en su conciencia lo que ni la Santa Muerte que promueve Morena les hubiera perdonado…