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Muy temprano empezaron en el Zócalo los dedos mostrando que no estaba izada la bandera nacional que todos los días se iza en esa plaza.

Tampoco se izó cuando las manifestaciones del año pasado en defensa del INE y de la Suprema Corte.

La de ayer fue una marcha en defensa de la democracia. Acudimos quienes creemos que nadie amenaza tanto la democracia como el presente gobierno.

El habitante de Palacio privó del símbolo patrio a los miles de mexicanos que atestaban la Plaza de la Constitución.

La ausencia de la bandera puede parecer un detalle menor, pero exhibe una rijosidad política de altas gradaciones.

Es un mensaje de exclusión simbólica y de sectarismo nacional, una mezquindad autoritaria que apenas puede exagerarse.

Según esta exclusión simbólica, la bandera no es de todos los mexicanos, sino sólo de los mexicanos que diga el Presidente, quien ordena no izar la bandera cuando llenan el Zócalo mexicanos que no le gustan.

Junto con la bandera, el Presidente actúa también como dueño del Palacio Nacional, que no puede visitarse desde que él vive ahí, entre lujos virreinales. Blindó ayer Palacio con mamparas de acero contra la más pacífica de las marchas imaginables. Parece decir, tapiado en su Palacio, que tendrá mano de acero en sus designios.

En un pasaje de su discurso, Lorenzo Córdova, ex presidente del INE, único orador del acto, dijo:

“Ni la Constitución ni la bandera son propiedad de nadie en particular o de una parte de nuestra sociedad. Es algo que nos pertenece a todos”.

Pero el habitante de Palacio cree que sólo caben en México los mexicanos que él llama Pueblo, que él dice representar y que según él arrasarán en las elecciones de junio.

No es eso lo que sentimos que va a suceder quienes estuvimos ayer en el Zócalo, aunque el huésped pasajero de Palacio nos expropie pasajeramente la bandera.