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El gobierno declaró oficialmente el “fin de la emergencia” en Acapulco. Sí, pero ¿la emergencia de quién?

Desde luego la del gobierno, al que le urge que Acapulco desaparezca de la atención pública.

En la cabeza del Presidente, la emergencia desapareció desde el primer día.

Desapareció el mismo 24 de octubre, cuando el Presidente, horas antes de que el huracán Otis tocara tierra, decidió no informar a los guerrerenses del peligro que corrían.

Quizá fue por su acusado humanismo, por el ánimo de no asustar de más al Pueblo, al que tanto quiere.

El hecho es que decidió no decirle a los guerrerenses lo que sabía: que Otis les iba a hacer un daño enorme. Fue una omisión criminal.

El propio Presidente la describió en un increíble mensaje, hace dos días. Había sabido desde muy temprano, dijo, que lo del huracán iba a “estar cañón”.

A las 6 de la tarde, el Centro Nacional de Huracanes de Estados Unidos había informado que Otis alcanzaría el nivel 5 y su mayor poder destructor a las 12 de la noche.

“Recibí el reporte de las 6”, dijo el presidente, y “luego otro reporte de esos aviones cazahuracanes, hablando de que se iba a intensificar”.

Entonces fue cuando supo, a las 6 de la tarde del 24 de octubre, que el huracán iba a “estar cañón”.

Pero decidió no decirlo a quienes iban a padecerlo. No sabemos por qué. Sabemos lo que hizo: puso un tuit, sólo uno, a las 8:15, que decía:

“Acepten trasladarse a refugios, mantenerse en lugares seguros, alejados de ríos, arroyos, barrancas, y estén alertas, sin confiarse”.

No hubo huracán en su tuit. Ni en la calidad de su conducta posterior. No se paró en el lugar de la tragedia, en las calles y los barrios del puerto, ni asignó dinero y ayuda suficiente para el desastre.

Ayer desapareció oficialmente la emergencia. Antier, sus diputados la desaparecieron del presupuesto 2024, negándole un fondo especial de reconstrucción.

Acuérdate de Acapulco, cantó Agustín Lara. Olvídense de Acapulco, le responde López Obrador.