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La conducta de López Obrador frente a la devastación de Acapulco por el huracán Otis es tan desorientada que cuesta trabajo creerla.

No sé si hacerse el desorientado hasta el ridículo fue su manera de evitar el riesgo de quedar como un presidente inerme, en medio de la catástrofe de Acapulco, caminando por los escombros y los ríos de lodo de la ciudad, siendo parte del paisaje de la destrucción, pero con las manos vacías, sin poder ofrecer ni resolver nada.

Quizá esta imagen de un presidente caminando entre ruinas es la que el Presidente quiso evitar: no quedar asociado en los videos del día a la destrucción de Acapulco, chapoteando en el siniestro con las manos vacías, expuesto al dolor, al reclamo, a la ira de unos habitantes desprotegidos por su gobierno.

Desprotegidos, desde luego, por el Presidente, que se pasó el día anterior hablando contra jueces y adversarios, en vez de alertar a los acapulqueños sobre los riesgos en que estaban y de tomar las decisiones de ayuda necesarias.

Para no llegar rápido al Acapulco destruido, el Presidente tomó la decisión de irse por tierra, a sabiendas de que las carreteras estaban tapadas.

Llegó tarde, mal y nunca; su trayecto tuvo momentos ridículos, como quedarse atascado en el lodo. Fue acompañado en todo por los secretarios de la Defensa y la Marina, que dieron muestras así de su propia nulidad ante lo que sucedía.

Aceptaron irse por tierra a una ciudad inaccesible por los derrumbes, en vez de subirse con el jefe de gobierno a un helicóptero y bajar con él en cualquier playa del puerto siniestrado.

No, eso no.

Porque eso los hubiera puesto en medio del desastre que eran incapaces de atender y de cuyas imágenes brutales no quería ser parte su jefe.

El Presidente volvió a Ciudad de México ese mismo día, ahora sí por helicóptero, y al otro día ya estaba increpando a los que lucran con la tragedia de Acapulco y presumiendo su popularidad en el mundo.

A todo esto hay quien le llama colmillo político y genio comunicativo del Presidente.