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El presupuesto anuncia una fiesta fiscal para el 2024: 9 millones de millones de pesos. Aumento del déficit al 5.4%; aumento de la deuda hasta su tope histórico de los últimos años.

Los economistas revisan esto con los pelos parados o tratando de aplacárselos con sensatas ponderaciones. Los ciudadanos tenemos la opción menos técnica pero seguramente más exacta de ver este presupuesto como el anticipo de un cierre de gobierno faraónico, con énfasis en ganar las elecciones y llenar las bolsas de los aliados.

Nada nuevo, pero en gran formato.

Cada seis años aparecen los síntomas financieros anómalos de las elecciones mexicanas: mayor déficit, mayor deuda, más dinero circulante, burbujas de bonanza.

Es el fin de fiesta a que estamos acostumbrados, en su doble vertiente: ganar/comprar las elecciones, y robar lo más posible.

El año de Hidalgo electoral y el año de Hidalgo patrimonial.

El presupuesto para 2024 proyecta estos rasgos a la estratósfera. Dibuja un gobierno al que el dinero le saldrá por las orejas para sus propósitos electorales, para su dispendio improductivo en elefantes blancos y para el bastimento de sus aliados.

Los programas sociales crecerán un 23%, hasta los 465 mil millones.

La Secretaría del Bienestar, señalada por Marcelo Ebrard como la gran caja del cash de las precampañas presidenciales de Morena, pasará de recibir 414 mil millones en 2023 a 515 mil en 2024.

El cortejo presupuestal de la Sedena dará un salto de 111 mil millones en 2023 a 259 mil millones en el 24. Modesta, pero no tanto, la Marina: de 43,888 millones en 2023 a 71,888 en el 24.

Y luego, el gran banquete, el formidable tour de force de terminar obras que han costado el doble o el triple, pero que están todas reservadas del escrutinio público, por razones de seguridad nacional.

150 mil millones para el Tren Maya.

131 mil millones para Dos Bocas…

¿Habrá sólo miopía, exageración, mezquindad, en ver el presupuesto de 2024 como una maniobra de liquidez del gobierno para comprarse su continuidad en 2024?

No, creo que no. Creo que es la estrategia cantada, intencionalmente cantada por el gobierno: la cantada de que será invencible en 2024.