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El Frente Amplio por México cumplió su tarea, puso como aspirante presidencial a la candidata más competitiva que tenía.

Esa candidata es Xóchitl Gálvez. El hecho duro resultante es que la oposición tendrá una candidata competitiva en 2024.

Contra todos los pronósticos, el Frente cumplió con pocos tropezones, dadas las trampas del camino.

La decisión final de no ir a la consulta directa evitó un riesgo cierto cuando ya había una ganadora clara.

Xóchitl Gálvez superaba por 15 puntos a Beatriz Paredes en las encuestas del Frente, organizadas por un comité independiente de los partidos. Beatriz Paredes reconoció a Xóchitl Gálvez ayer y cerró el ciclo.

Game over.

La organización de la consulta directa, al parecer, era un desastre. No cualquiera se vuelve un INE de la noche a la mañana. Las mil 500 casillas estaban a medio cocer, eran un llamado al caos y a la intromisión gubernamental.

Aquí topamos con el otro hecho duro de estos días: la candidatura del Frente no acude a una contienda democrática, sino a una elección de Estado, que está en marcha hace tiempo.

Su rastro más burdo es el río de dinero que dejan al pasar las precandidaturas oficiales.

El Frente y su candidata competirán contra el Presidente y contra los gobernadores del Presidente, contra el dinero oficial bajo la mesa, contra los aparatos de gobierno, contra el uso de los programas sociales y, en algunas zonas, contra la complicidad del crimen organizado y el gobierno.

También contra el sesgo de los grandes medios, que se las ingeniaron para volver noticia menor el triunfo de la candidata de la oposición.

El Frente y su candidata van a una elección donde los dados están cargados hace tiempo, al punto de que parece normal la desigualdad construida.

Se comparan las campañas de un lado y otro, los errores de un lado y otro, las encuestas de un lado y otro, sin recordar que la candidata del Frente va montada sólo en el Frente mientras la candidata del oficialismo irá montada en la complicidad del Presidente y en las ventajas de una elección de Estado.

Aquí sí que no son iguales.