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Zona de silencio no es una expresión literaria. Es, como nos explica Claudio Lomnitz, una categoría analítica.

Describe las regiones donde el crimen ha silenciado a los medios de información, y “sólo queda el rumor como vía de acceso a lo que sucede”. (“Zacatecas: la zona del silencio”, Nexos, junio 2023).

El silenciamiento pasa por la ejecución de periodistas, de los que tenemos una cifra trágica y expresiva en México.

Al asesinato hay que añadir la amenaza directa a los medios y la imposición de reglas sobre lo que puede o no publicar un diario o un noticiero televisivo, radiofónico, digital.

Los asesinatos de periodistas demuestran que para las bandas silenciadoras, no hay medio pequeño o insignificante.

La inmensa mayoría de los periodistas asesinados trabajaban en medios de carácter local: una pequeña radio digital, por ejemplo, en una comunidad marginal de algún estado.

Que los medios grandes o los periodistas conocidos no sean blancos frecuentes de la violencia, no evita intentos de magnicidios como el que falló contra Ciro Gómez Leyva o el que le quitó la vida a Javier Valdez del semanario sinaloense Río Doce.

Tampoco quiere decir que los medios grandes no estén sometidos a zonas de silencio en su repertorio noticioso.

Aun los medios más poderosos tienen cancelada, en la práctica, la incursión periodística libre en ciertos temas, ciertos personajes y ciertas zonas criminales.

La verdad es que el silencio sobre la violencia tiene una dimensión nacional.

El conocimiento que los medios nos dan sobre la realidad de la violencia que azota al país, está por debajo de lo que sucede.

Al mismo tiempo, paradójicamente, los noticieros están pintados de violencia y a veces no son sino una colección mal disimulada de notas rojas.

Hay información pero no hay investigación periodística de nuestra violencia. Nos enteramos de lo que pasa sin entender lo que sucede.

En ese sentido, México todo es una zona de silencio donde los medios no pueden penetrar y revelar a fondo la realidad violenta que acecha y devora al país.

El primer cómplice de ese silencio, desde luego, es el gobierno, que no sólo no informa de la violencia y la inseguridad, sino las escamotea, y hasta las niega.