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La reflexión de Fernando Escalante a la que me referí ayer, sobre el poder del Presidente, es parte de un ensayo: “México ayer y hoy”, que puede leerse en la edición de Nexos de abril.

El ensayo captura tres tiempos del cambio político de México en el último medio siglo: la hegemonía del PRI, la transición democrática que le siguió y la anti transición democrática en que estamos.

El ensayo es sucinto y complejo, merece una lectura cuidadosa. Me referiré aquí sólo, nuevamente, a la naturaleza del poder presidencial de hoy.

Se trata de un poder presidencial cuyo enemigo, paradójico, es el Estado mismo en que se asienta.

No todo el Estado, sólo la parte del Estado que limita el poder personal del Presidente, que le impone reglas.

Sea en lo legal, como la Suprema Corte; sea en lo administrativo, como en la adjudicación de contratos públicos; sea en lo económico, como las reglas del T-MEC; sea en lo político, como el INE.

La gran revuelta presidencial de la llamada 4T es contra lo que limita su poder dentro del Estado, lo que tiene algo institucional que oponer a la voluntad, las decisiones y los proyectos personales del Presidente.

El gran aliado político de esta ofensiva del poder presidencial contra el Estado que lo acota, no son los pobres, como dice el discurso, sino la vieja clase política reciclada, harta de los límites de la institucionalidad legal, administrativa, económica o democrática.

Los viejos hábitos de la clase política, reclutada y recreada por Morena, tampoco quieren límites institucionales, legales, administrativos, económicos o electorales.

Como el Presidente, quieren también manos libres para ejercer su propio poder donde les toque: en los estados que gobiernan, Segalmex, en Dos Bocas, en Pemex, en CFE, en las nóminas donde se descuentan cuotas para la causa, en el reparto de puestos a familiares, en la adjudicación de contratos a proveedores pactados, y de canonjías civiles en aduanas, puertos y obras públicas para las Fuerzas Armadas.

El Presidente quiere manos libres para su proyecto transformador. Manos libres quiere también la clase política que lo acompaña.

El Estado les estorba.