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La gente pide candidatos que hagan atractivos a los partidos, pero lo que tendremos, si es que, serán alianzas de partidos que harán atractivos a los candidatos.

Falta mucho para que las alianzas de los partidos definan sus candidatos. No hay candidatos reales, sólo candidatos hipotéticos. Ninguno de ellos arrebata la imaginación de los votantes.

El gobierno le echa aire a sus corcholatas, pero no hay grandes gases pugnando por salir de las botellas. La oposición deshoja margaritas en jardines donde no hay tampoco floraciones arrebatadoras. La sucesión adelantada que ha impuesto el gobierno para fugarse hacia adelante, parece una fiesta disléxica, mal citada. Los asistentes lucen fuera de lugar esforzándose inútilmente por hacer que la cosa empiece.

El respetable acude sin mucha convicción al baile prematuro, sabiendo que lo que ve es una ronda de calentamiento, antes de que empiece la función. La sucesión presidencial empezará en serio cuando empiecen a pactarse las alianzas entre los partidos políticos, y estas alianzas empiecen a designar candidatos reales y a mostrar el enorme poder que tienen a la hora de decidir quién compite por qué puesto y en dónde.

La razón de este poder es sencilla: los partidos son las únicas franquicias que hay para entrar al juego.

De modo que la selección de los participantes y de los posibles triunfadores, vendrá de la negociación de los partidos aliados, no del arrastre de los candidatos.

Desde luego hay mejores candidatos que otros, pero su fuerza electoral dependerá de la solidez de la alianza que los respalde, más que de su carisma o su capital político personal.

El oficialismo se esfuerza en definir anticipadamente su juego sucesorio, pero no gana mucho ni deja las cosas claras.

Se les deslinda Monreal, se les desboca Sheinbaum, y ahora también se les desboca Ebrard. La unidad se descarapela. En la oposición, la pista de arranque es aún más lejana, porque son más confusos los contornos de la alianza que producirá a los candidatos.

La lógica del momento es de candidatos débiles y alianzas en gestación. La verdadera fiesta de la sucesión, no ha empezado.