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Guillermo O’Donnell acuñó la noción de ciudadanía de baja intensidad para describir uno de los problemas más graves de nuestras democracias: la debilidad de su cultura cívica, la inmadurez de la ciudadanía.

“Ciudadanos imaginarios” llamó Fernando Escalante a los habitantes de la sociedad política del convulso siglo XIX mexicano.

La transición democrática mexicana del siglo XX hizo realidad algunas instituciones fundamentales soñadas por aquella ciudadanía imaginaria: elecciones libres, partidos políticos competitivos, votantes reales y un árbitro imparcial que organiza el proceso y cuenta los votos.

Ganado todo esto, el gran vacío ciudadano, el fantasma de los ciudadanos imaginarios, sigue ahí. Por su mayor parte, el ciudadano mexicano no cree en la ley ni en su obligación de cumplirla. No cree en la autoridad, aunque la haya elegido. No paga impuestos, pero exige bienes públicos.

No es tolerante con, ni respetuoso de, la diferencia. No tiene el hábito de asociarse para perseguir causas comunes. No es un ciudadano activo, atento a la cosa pública, solidario, participativo.

Es un ciudadano receloso, enclaustrado en sus intereses particulares y familiares.

Ahora que sus amigos celebramos sus setenta años de vida, he pensado que José Woldenberg es lo más cercano que conozco al prototipo contrario, un ciudadano de alta intensidad.

Ha dedicado su vida a crear ciudadanía y a ser un ciudadano ejemplar. En ese sentido es un “homo kantiano”, un hombre que actúa como si su conducta fuera a ser ley y encarnara la justicia debida para todos.

Lo que quiero decir es que si todos los actores de la democracia mexicana hubieran procedido con el apego a las reglas conque lo ha hecho Woldenberg, México sería una democracia ejemplar.

No lo es y ha emprendido en estos años una deriva hacia el rumbo contrario. La democracia mexicana está bajo asedio, sometida a presiones autoritarias en sus piezas claves, entre ellas el instituto electoral autónomo del que Woldenberg fue primer presidente, entre 1996 y 2003.

Enorme paradoja: luego de toda una vida adulta dedicada a construir la democracia, la generación de Woldenberg y otros muchos millones de mexicanos que acompañaron el proceso, ven tambalearse el edificio.