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Digna de reflexión en el no muy democrático horizonte de la izquierda latinoamericana, fue la elección de Gabriel Boric en Chile, quien perdía por mucho en la primera vuelta.

Parte del cambio de los votantes se debió al cambio del propio Boric, quien se presentó a la primera vuelta como un candidato de izquierda radical, aliado a los comunistas.

Rumbo a la segunda vuelta fue, en cambio, un candidato de centro izquierda, urgido de una conversación con el resto de las fuerzas políticas, que no quiere usar su triunfo en las urnas para implantar el socialismo, como lo intentó trágicamente Salvador Allende en los 1970s.

Tampoco quiere, como López Obrador en México, hacer desde la democracia una transformación en la que sobra la mitad del país. Boric perdió la primera vuelta con 25 por ciento de los votos.

Ganó la segunda con 55 por ciento. Su segundo discurso, el moderado, atrajo a 30 por ciento de sus votantes.

En el ínterin Boric borró cualquier sospecha de condescendencia con la violación de derechos humanos y con las dictaduras que se dicen de izquierda en el continente. Habló también desde el principio de lo que toda izquierda debe hablar, pero nadie habla: la necesidad de cobrar más impuestos para redistribuir la riqueza.

Habló de subirlos hasta un 8 por ciento, lo que pareció a muchos impracticable y hasta expropiatorio. Pero explicó luego su propuesta diciendo que el alza sería gradual y responsable, a razón de 1 punto por año, como diciendo que espera gobernar dos periodos consecutivos de cuatro años. Partiendo del radicalismo de la izquierda, Boric hizo un claro tránsito hacia el centro del espectro político, el espacio desde donde mejor se ha gobernado Chile a partir de la caída de la dictadura.

Pero la gran redefinición de Boric fue de talante democrático, al día siguiente de su triunfo: “Cometeríamos un gran error si interpretamos el resultado de segunda vuelta con arrogancia, como una invitación a prescindir del diálogo con el resto de las fuerzas políticas”.

Lo primero que hizo como presidente electo fue ir a buscar ese diálogo: “Nadie se va a salvar solo”, dijo, y con eso el trazo de una izquierda incluyente, dispuesta a gobernar para todos.