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Se hizo proverbial su frase: “Mientras ustedes no dejen de aplaudir, Chente no deja de cantar”. Y así, llegó a cantar más de tres horas para su animado público. Público que, en coincidencia con el día de la virgen de Guadalupe, lo elevó al altar de los ídolos inmortales de la canción ranchera, donde se encuentran —por orden de desaparición—Jorge Negrete, Pedro Infante, Javier Solís y José Alfredo Jiménez, que sólo vivieron 42, 40, 35 y 47 años respectivamente; lo cual comparado con los 81 años que vivió el charro de Huentitán, Jalisco, ocasiona que el acervo musical que éste deja sea más abundante que el de sus antecesores.

(Un paréntesis para quitarle el tufo misógino a mi columna y mencionar a Lucha Reyes (1906-1944) y a Lola Beltrán (1932-1996), las dos grandes estrellas femeninas de la canción mexicana que están en la misma basílica de los ídolos arriba mencionados y que junto a la malograda Lucha Villa (1936) forman la tercia de reinas de la canción ranchera).

Pero hoy este espacio es de Vicente Fernández, que al igual que al tenor don Pedro Vargas y al cantante Gualberto Castro, murieron octogenarios sin que el tiempo menoscabara el caudal de sus voces.

No recuerdo bien el año, pero sería por ahí de 1973 o 1974 cuando por primera vez vi en vivo actuar a Vicente. Lo que si recuerdo muy bien es que fue en el Teatro Blanquita y que a la mitad de una canción dejaba el micrófono y, prescindiendo de éste, seguía cantando y su voz se escuchaba perfectamente bien en todas las butacas y hasta la última grada. A fuer de ser sincero, esa vez, sin dejar de percatarme que era un artista sobresaliente, no me gustó del todo. Pero fue puliéndose hasta lograr cantar con ese medio tono sabroso con el que nos cautivó.

Antes de escribir esta columna hablé con mi buen amigo el cineasta Rafael Villaseñor Kuri, director de 20 películas de las 34 que Vicente filmó, para saber su opinión del cantante como actor. Me dijo que era sumamente respetuoso del director. Pese a ser la estrella de la película, jamás pidió un acercamiento o una toma de protección. Se aprendía todo el libreto, no únicamente sus diálogos. Con los técnicos además de ser amable durante el rodaje, al terminar las filmaciones los recompensaba económicamente con generosidad.

El cómico Luis de Alba me platicó que cuando le estaban construyendo una casa en Guadalajara, se dio una vuelta por la obra para ver cómo iba. Lo saludó un albañil: Hola Luis, ¿cómo estás? En la creencia que era un admirador, el “Pirruris” le devolvió el saludo: Hola, ¿qué tal la chamba? El alarife contestó: Está dura. Es que me estoy preparando para la película. El chambeador obrero era Vicente Fernández capacitándose para filmar “El Albañil” que protagonizaron él y Manuela Torres, dirigidos por José Estrada.

En una ocasión grabamos con Vicente en el Rancho del Charro del Pedregal, el programa “Nuevas Noches” con Talina Fernández, emisión televisiva de la que yo era director. Con todo respeto le hice una indicación al charro al que le hablé de usted y le dije señor, cosa que no le agradó: No me digas señor dime “Chente” y háblame de tú. Yo hago lo que tú me digas.

Tal vez él no lo recordaba, pero él y yo nos conocimos en 1975 en un desayuno de entrega de Arieles que hubo en Los Pinos. Yo fui con Ricardo Carrandi. Nos invitaron porque habíamos hecho un festival cinematográfico en Aguascalientes. Nos sentaron junto a Chente y a María Elena Velasco “La India María”. Vicente nos confió que el sólo comería fruta porque tenía tendencia a engordar. Además, nos sirvieron tres tamales: uno verde, otro blanco y uno rojo. El blanco, creo, que era de águila.