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Una fotografía no pasa por accidente, porque es eso que se pone ante nuestros ojos lo que decidimos mirar y atender en cuestión de segundos hasta registrarlo en el carrete de la memoria.

Quienes observamos a manera de pasión y como hábito cotidiano, registramos el detalle, la suciedad, el orden, el caos, la soledad y el tumulto a nuestro alrededor.

Andamos por allí fotografiando para informar, documentar, proyectar y compartir, pero también tenemos la curiosidad propia que nos orilla a dividir la atención entre lo que “debemos” y lo que en verdad “queremos”.

Durante la semana pasada fotografíe un aproximado de 2,257 fotografías con mi cámara y muchas más y más de 600 con el iphone, todas registradas y clasificadas en este momento en mi archivo digital.

Confieso que manejar la cámara con el cambio respectivos de sus lentes y un iphone no es lo más fácil del mundo, pero nos vuelve más ágiles y selectivos a la hora de elegir con qué hay qué tomar qué.

Para ello se piensa de manera automática entre la prontitud, la calidad y el para qué será utilizada la foto, es decir acercarse y capturar un detalle lo es más fácil con el teléfono y más con la calidad que hoy en día nos ofrecen las últimas generaciones, pero en cambio si el tiempo era hacer un retrato que podría utilizarse de manera impresa, no hay duda que la cámara es la mejor decisión.

El fotógrafo no solo carga la cámara y da click bajo la curiosidad y la adrenalina que nos corroe por capturar, detener y apropiarnos del o que sucede a nuestro alrededor. También pensamos, analizamos y discernimos entre un lenguaje propio y el más sencillo para quienes van a ver lo que nosotros les estamos por ofrecer.

Barbey decía que la fotografía era el único lenguaje que podía ser entendido y comprendido por todo el mundo y podría contradecirlo en que no es así, la imagen no siempre es leída como debe de ser o como uno cree que debería de ser.

Hay quienes no observan, solo miran de reojo y no entienden si quiera, el por qué hubo alguien que se detuvo a fotografiar “eso”.

Miles de fotografías como una síntesis de los momentos que tuve frente a mi, cientos de personas pasaron frente a mi lente, unos atentos, otros distraídos. Unos cuantos posaron y pocos voltearon su cara para no aparecer en mi cuadro.

Y entre toda esta vorágine de fotografías, para mi propio archivo me quedo con las camas que fotografíe, en esas donde dormí, con sus sábanas arrugadas, las almohadas chuecas, el espacio abierto de un cuarto de hotel y la luz como el elemento principal que colaboró para atrapar mi propio instante.

Tomo fotos de lo que vivo con la intención de preservar lo que seguramente puedo olvidar, como una cama, un atardecer, el reflejo de un edificio en un charco callejero, una placa, mi mano con la de alguien más o la mirada de un desconocido.

Lo obvio se registra en el transcurso del día y lo recordamos en la noche, pero los detalles, lo que nos acompaña y a lo que dejamos parte de nuestros sentidos, la olvidamos.

Estuve en cuatro hoteles durante una semana, cuatro camas distintas, cada una con cuatro almohadas que me atraparon el cansancio y una ventana que me despertaba con los primeros rayos del sol.

Entonces las fotografíe cuando ya estaba en la puerta con mi maleta lista y mi equipo de trabajo sobre mi espalda. Las veía como señal de despedida, de agradecimiento y de complicidad.

La intimidad es la que se fotografía para recordarla, llevarla y revivirla cada que la volvemos a encontrar, porque lo que todos ven siempre resurge en las conversaciones, pero lo que uno ve a través de una imagen, nos revive y nos desarticula, nos impulsa y nos apaga, nos regresa lo que nos apropiamos o nos recuerda lo que perdimos.

Fotografiar la intimidad - img-9338-rotated
Cama. Foto de Laura Garza.