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A juzgar por lo que dicen los políticos, lo que se escribe en la prensa o lo que se lee en las redes sociales, México está fracturado.

El discurso se está polarizando y los matices se pierden entre quienes están a favor y en contra de la 4T. En el ámbito político, casi todos están en la lógica de que sus adversarios son un peligro para México.

No se debaten políticas públicas, sino los riesgos de que unos u otros gobiernen.

Desde la 4T, los opositores son vistos como un mal que debe ser erradicado, pues solo representan desigualdad y corrupción, mientras que, para estos, Morena está destruyendo a México.

Males absolutos de cada lado. Los debates son similares en la opinión publicada. Los temas varían, mas no la percepción de que siempre se avecina un abismo.

En las elecciones se advertía el precipicio: para unos, si Morena refrendaba su mayoría en la Cámara de Diputados; para los otros, si ocurría precisamente lo contrario.

Pero la máxima expresión de la polarización es el duelo salvaje que se libra en las redes sociales. Basta ver el choque de posiciones que se dio este fin de semana ¡por la muerte de Antonio Helguera! Frente al pesar de la izquierda, el reclamo por los pésames no expresados en otros casos, el recuerdo de muchas noticias tristes que ha vivido el país o la negación de las virtudes del caricaturista de La Jornada.

Lastimosamente, lo cierto es que para muchos el fallecimiento de Helguera fue solo una nueva razón para ir a la guerra. Por fortuna, esa polarización no ha permeado así en toda la sociedad.

Si bien hay puntos de vista marcadamente distintos entre quienes aprueban y desaprueban al Presidente o entre quienes se ubican a la izquierda o a la derecha del espectro político, en la gran mayoría de los ciudadanos no se percibe esa animadversión.

A nivel social, las diferencias tampoco definen las relaciones personales ni condicionan las opiniones sobre quienes no piensan igual. Sin embargo, frente a esta tendencia, me parece inevitable que, animada “desde arriba”, la polarización acabe permeando en todos los niveles, con el riesgo que eso implica para la convivencia social.

Y entonces ni el luto ajeno despertará la mínima empatía.