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Una noche de agosto de 1989 decidí no ver más el noticiero de Jacobo Zabludovsky. Corría el primer año del “milagro salinista”, y puesto que el PAN había ganado la gubernatura de Baja California, el gobierno y la televisión machacaban que México se desplazaba irremediablemente a la democracia.

El día del triunfo panista se celebraron también elecciones en Michoacán. El recién nacido PRD denunciaba que el PRI y el gobierno echaron a andar la maquinaria del fraude que despojó a Cuauhtémoc Cárdenas de la victoria en las presidenciales de 1988. Así es que los cardenistas se fueron a protestar a las calles, plazas, palacios municipales y carreteras. Había que detenerlos, lincharlos, como en el 88. Y para eso, nada mejor que el noticiero de Zabludovsky.

No lamenté, por lo mismo, su salida definitiva de Televisa en el año 2000. La nueva dirección, encabezada por Emilio Azcárraga Jean, acababa de colocar a Joaquín López-Dóriga en el noticiero estelar (15 años después puede seguirse midiendo el tamaño del acierto). Zabludovsky, que por entonces conducía un noticiero en Cablevisión, decidió marcharse.

Escribí en esos días un artículo (Milenio, abril 5 de 2000) que terminaba con esta frase: “Como periodista y como televidente, y más allá de las virtudes humanas de Jacobo Zabludovsky, celebro que una vieja escuela, una vieja forma de adulterar, de viciar la información se haya ido de las pantallas”.

Al poco tiempo, Ricardo Salinas Pliego tomó con sus pistoleros la planta transmisora de CNI/Canal 40 en el cerro del Chiquihuite. Zabludovsky, ya en su programa de mediodía en Radio Centro, fue de una generosidad editorial extraordinaria con nosotros, conmigo. Nos acompañó.

No volví a criticarlo. Y no sólo por gratitud, sino porque fui de los que se asombraron con la traslación del “soldado del PRI” en un singular, septuagenario crítico del poder. Sereno, atinado, periodista, Zabludovsky se acercaba a una parte de la sociedad que tanto lo reprobó. El propio Andrés Manuel López Obrador lo elogiaba en la plaza en los graves momentos del conflicto poselectoral de 2006 como uno de los contados comunicadores honorables del país.

Comencé a leer, a disfrutar su columna de los lunes en EL UNIVERSAL. Sin jamás haber cruzado palabra con él tete a tete, me reconcilié íntimamente con el personaje. Ayer, cuando conocí la noticia de su muerte, me alegró haber escrito en estas páginas, apenas el 29 de abril, una columna titulada: “López Obrador-Zabludovsky, una pequeña joya”, en la que daba cuenta y celebraba la espléndida entrevista que le hizo al líder de Morena.

Con ese Jacobo Zabludovsky me quedo. Con el periodista del siglo XXI.

MENOS DE 140. Un perito alegó un esguince para no asistir a la audiencia. El otro nomás no se presentó. Alargar el caso Elba Esther parece la consigna.

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