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El gobierno y los medios han subrayado la violencia de la protesta feminista. El gobierno para desacreditarla. Los medios porque son esclavos de lo espectacular, aunque no sea lo importante.

Lo importante de la movilización de estos días, sin embargo, el largo lienzo de la protesta feminista no está en la violencia de sus grupos minoritarios, sino en el rechazo a la violencia mayoritaria de género: del feminicidio al salario, pasando por el abuso sexual e intrafamiliar, por la desigualdad y por la discriminación.

Ninguna de esas realidades cambiará sin la protesta de las mujeres. Tampoco cambiará si el Estado no crea políticas públicas para combatirlas, si los legisladores no crean leyes con perspectiva de género, si los jueces no juzgan con perspectiva de género, y si los presidentes, los gobernadores, los funcionarios, las autoridades de todos los órdenes no promueven esas políticas y hacen cumplir esas leyes.

La transformación del régimen patriarcal que exigen las feministas necesita que el gobierno cambie. Todo el gobierno: el Estado.

El cambio empieza por algo que parece sencillo, pero que se ha mostrado en estos días como la imposibilidad mayor: que el gobierno escuche lo que le dicen mujeres, la relación de opresiones que padecen en sus cuerpos, en sus casas, en sus ciudades, en su país. No están inventando nada. Bastaría escucharlas para empezar a ver. Para empezar, de hecho, a ser feminista por la primera de las reglas feministas: creerles a las mujeres.

La historia de estos dos años de gobierno ha sido elocuente en su incapacidad de oír a las mujeres, y en su disposición a quitarles beneficios. No ha sido solo sordera, también ha sido la destrucción de cosas que habían ganado las mujeres.

Las estancias infantiles, por poner un ejemplo.

O la desatención a las madres de víctimas, asesinadas y desaparecidas.

O la intentona de desmontar la red de refugios para mujeres golpeadas.

O la reducción a la tercera parte del presupuesto para el Instituto de la Mujer.

Sobre todo: la sordera activa del Presidente, su descalificación del feminismo como una simulación y de las feministas como títeres de oscuros intereses.

La sordera activa.