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La condesa de Castiglione, la espía y “femme fatale” que ayudó unir a Italia
Retrato de Virginia Oldoini, la condesa de Castiglione. Pintura de Michele Gordigiani/dominio público

La condesa de Castiglione forma parte de ese reservado grupo de personajes que tejen la historia desde la sombra, al poner su inteligencia y capacidad de seducción al servicio de la Unificación de Italia, como una suerte de espía decimonónica.

El 3 de febrero de 1871 el Reino de Italia arrebataba la ciudad de Roma al milenario poder pontificio y la hacía su capital, culminando una Unificación ya oficializada una década antes.

El país, al calor del nacionalismo del siglo XIX, dejaba atrás su pasado fragmentado y se presentaba como un único Estado. Pero para ello se necesitaron guerras, intrigas y personajes que durante décadas impulsaron silenciosamente este proceso histórico.

Uno de ellos fue la condesa de Castiglione, “femme fatale” y espía que jugó un rol determinante en un episodio de la Unificación. Pero, ¿quién fue esta aristocrática de belleza y dotes legendarias?

La futura condesa nació en Florencia el 22 de marzo de 1837 con el nombre de Virginia Elisabetta Luisa Carlotta Antonietta Teresa Maria Oldoni, aunque en casa siempre le llamaron Nicchia. Era la hija del marqués Filippo Oldoni y de la marquesa Isabella Lamporecchi.

Enseguida destacó por su belleza singular, de penetrantes ojos oscuros y rostro de “Madonna”. Cuentan que su madre la llevaba desde bien pequeña al teatro y la sentaba en una trona alta para que todos los nobles toscanos pudieran apreciarla.

En casa recibió una educación esmerada y aprendió cuatro idiomas, aunque en sus diarios reconoció una infancia triste, y con 17 años fue desposada con el conde Castiglione, Francesco Verasis Asinari.

Se trataba de una pareja dispar. Ella elocuente, divertida y perspicaz; él taciturno, frío y meditabundo. Una distancia que se fue ensanchando con el tiempo hasta separarles por completo.

No obstante, con ese matrimonio la ya condesa logró acceder a la corte de los Saboya de Turín, cautivando al rey Vittorio Emanuele II y a su primer ministro, el conde de Cavour.

Eran los años del “Risorgimento” y los piamonteses se lanzaban a la anexión de todos los territorios de la península itálica con Giuseppe Garibaldi al frente, pero siempre atentos a la amenaza del imperio Austro-húngaro, dueño y señor del norte italiano.

Es aquí donde la condesa recibe una misión: partir hacia París para seducir al emperador Napoleón III y obtener su apoyo en el enfrentamiento contra los austríacos. Y la joven noble acepta.

“Hay muchos documentos en los que Cavour reconoce haberla encargado flirtear o, si fuera necesario, seducir al emperador. Y lo consigue”, explica a EFE Anna Rita Guailtoli, autora del libro “La contessa di Castiglione, il peso della bellezza” (Epsylon, 2011).

El director de la Fundación Cavour, Marco Fasano, afirma que existe una carta en la que el primer ministro confesaba a su titular de Exteriores, Luigi Cibrario, que había encargado a la condesa “coquetear” con el emperador.

La suya, explica Fasano, era una “diplomacia de doble vía”: con un cuerpo de embajadores oficial y otro de agentes que apoyaban la causa italiana en las principales cancillerías europeas valiéndose de otras dotes menos académicas, por decirlo de alguna manera.

En la corte parisina la italiana deslumbra enseguida por su carácter, belleza y estilo y, como cabía esperar, termina conquistando a Napoleón III, pero granjeándose la acérrima enemistad de su esposa, la española Eugenia de Montijo.

“Ejercía de auténtica espía”, sostiene Guailtoli, que cita como prueba su correspondencia con importantes personajes de la época, como Costantino Nigra, otro “agente” implicado en Francia en estas labores de diplomacia “bajo el mantel”.

La condesa es por ende considerada una facilitadora del acuerdo de Plombiéres de 1958 y de la alianza entre los Saboya y Napoleón III que acabó expulsando a los austríacos de Lombardía. La Unificación aceleraba el paso.

Su importancia en los hechos depende del historiador consultado. La escritora Gabriella Chioma, autora de “Spendore e Ombra: Virginia Verasis di Castiglione” (NovAntico, 2019), responde tajante a la pregunta de si hay parte de mito: “Absolutamente no”.

“Fue una mujer muy inteligente y una de las primeras diplomáticas. No es una leyenda, es un hecho”, sostiene a EFE.

Pero entretanto la estrella de la condesa se apagaba, dicen que en parte por el odio visceral de la emperatriz consorte de Francia, que incluso la acusó de perpetrar un atentado, recuerda Guailtoli.

Su desdicha se precipitó desde 1870, con la caída de Napoleón y la reinstauración de la República.

Acabó sus días sola, víctima de la inestabilidad emocional y los problemas de salud, enclaustrada en su casa de París, en la Rue Cambon 14, rodeada de recuerdos polvorientos y desordenados y reliquias cubiertas por lúgubres telas de terciopelo negro.

Los pocos amigos que aún la visitaban dejaron de hacerlo, unos por desinterés y otros simplemente porque habían fallecido, y así, el 28 de noviembre de 1899, la condesa moría con las primeras luces de un nuevo siglo, cayendo rápido en el olvido de un tiempo convulso.

Con información de EFE