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Aquí estamos, en el momento fatal y real de la vida misma. Ayer, mientras recopilaba todo tipo de información, mientras documentaba la pluma para después gritarlo como se debe, la garganta se hizo un nudo, justo en la recta final, donde me enmudecí como un amigo más de Diego. No sé por qué, no lo conocí, nunca lo tuve si quiera a 10 metros, y aunque entiendo que esto no se trata de mi, confirmo que su futbol moldeó mi pasión, me hizo debatir lo que no viví en su momento, de ese tamaño era “El Genio del Futbol Mundial”.

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El mundo del futbol está roto. No es para menos, aquel hombre mitológico que cayó en el verde como barrilete cósmico, simboliza todo lo que cualquier miserable busca el resto de su vida, Diego lo hizo con el simple hecho de jugar al futbol. Los que mejor lo conocieron señalan que hubo dos Maradonas, el que se crió en la miseria de Villa Fiorito, que fue el mismo que inmortalizó la jugada de todos los tiempos ante Inglaterra, y el que vino después de ello. A más de uno nos ha costado concentrarnos solo en Diego: el futbolista, por si fuera poco, y como si tuviéramos derecho a juzgar,  hemos señalado a un tipo que estaba fuera de si, añorando si quiera un día en nuestras vidas, al menos una hora, un minuto, ser tan brillantes como Maradona: el futbolista.

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No me cansaré de señalar el mérito que tuvo Diego para tocar el Cielo con las manos, también, la mezcla de personalidad y talento que simple y sencillamente lo hacen el mejor sobre un terreno de juego. Cuando las emociones dejaron, señalé que se iba el genio y nacía la leyenda. Maradona representa todo lo que el futbol significa, desde el Valdano que se quiebra en un enlace en vivo, como el hincha que juega en el obelisco de Buenos Aires lamentando su partida, o aquel aficionado de River Plate que va a la Casa Rosada a tirarle rosas en el ataúd a Diego.

Decía Eduardo Galeano que “Maradona era el más humano de los dioses”, y es que no hay mejor descripción para Diego, su importancia en Argentina alcanzó tamaños inimaginables, su condición se agigantó con victorias mitológicas, y aquellas fallas, las que recuerdan todos, nunca fueron en un campo de juego, si no afuera, donde su condición de humano nunca estuvo mejor descrita, donde el acierto y el error fue una constante. Donde perfectamente puedo entender al Niño que creció en la miseria para después dar la cara por su país, para poner en el mapa a una ciudad al sur de Italia que en su propio mundial apoyó a su Diego por encima de su Selección, por ello en su Argentina y en su Nápoles el tiempo siempre será relativo, porque Diego fue su Marco Aurelio, su Gladiador, su Hércules, su Justiciero, su D10S.

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No es tiempo de juzgar a la persona, nunca lo será cuando se trate de Diego Armando Maradona, al menos no en Argentina y en Nápoles. Diego fue el sueño posible de un niño que solo quería ganar la Copa del Mundo, llevarle un poco de comer a su vieja y jugar a la pelota, en el deseo llevó la penitencia, cuando alcanzó la condición de D10S nunca más pudo volver en si. Jorge Valdano asegura que “Debieron decirle toda la verdad: mira Diego, Juegas al Futbol como Dios, pero sólo eres un hombre”.

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Ahí está el Diego ya en la eternidad, observando desde su balcón a la gente sencilla que lo amaba, que creyó en su sueño desde el primer día y le aportó lo que podía; también, el mismo Diego ya por fin observa con detenimiento y sin resentimiento alguno, al otro grupo, el que lo usó a destajo una vez que dejó de JUGAR A LA PELOTA. Se va el genio, Nace la Leyenda. Gracias por tanto futbol Diego.