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Ayer la Suprema Corte hizo evidente, en tiempo real, que está dividida, pero que su mayoría, empezando por su presidente, está con el proyecto político del actual titular del Poder Ejecutivo.

La similitud de los argumentos dados ayer por seis ministros y los utilizados por el primer mandatario es elocuente. Para no hablar del sentido de su voto, que legitima el absurdo jurídico de someter a consulta la obligación del Ejecutivo de aplicar la ley.

Si alguna duda quedaba de que en su expresión mayoritaria el Poder Judicial ha sido capturado por el Poder Ejecutivo, ayer se despejaron las incógnitas.

No puede esperarse de la Suprema Corte ninguna decisión sustantiva que sirva de contrapeso a ninguna legislación sustantiva venida del Ejecutivo y de su otro poder capturado, el Poder Legislativo.

Hay más de 17 acciones de inconstitucionalidad y controversias constitucionales pendientes de solución en la Suprema Corte. Se refieren a leyes sustantivas promulgadas por este gobierno. Para que puedan ser votadas en contra, tendrían que reunirse ocho de los 11 votos de la Corte.

Para muchos, fue claro ayer que en la Suprema Corte no se reunirán nunca los votos necesarios para contravenir estas leyes, pues el gobierno tiene ya en automático cuatro de los votos necesarios para impedirlo en la Corte: el del presidente de la Corte y el del ministro y las dos ministras nombradas por este gobierno.

También quedó clara la independencia de un grupo de cinco ministros, que en ningún caso alcanzarán la mayoría de ocho requerida, pues la presidencia de la Corte parte, en todos los casos, con cuatro votos en la bolsa.

De modo que la Corte no es ya, como mayoría, un poder independiente sino un poder asociado al proyecto del Ejecutivo.

Esa es la situación en que estamos, un momento político ominoso previsto por el pensamiento político clásico. Fue James Madison quien escribió:

La acumulación de todos los poderes, el legislativo, el ejecutivo y el judicial, en las mismas manos, sean de uno, de pocos o de muchos, y sea por herencia, autonombramiento o elección, puede enunciarse con justicia como la definición misma de la tiranía.