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Nestora Salgado hablaba de videos con el Ejército metido en el asesinato de los 43 normalistas en Iguala. Después enfermó de COVID-19 y fue trasladada en avión militar para internarla en un hospital militar.

Es la metáfora de cómo, al llegar al poder, el actual grupo gobernante se quedó sin el culpable del Caso Iguala que fabricó desde la oposición, el Ejercito, con la narrativa de que los jóvenes fueron cremados en cuarteles.

Pero ya en Palacio, el mandatario les advirtió: “Quiero ser lo más claro posible, sincero. Si no contamos con el apoyo del Ejército y la Marina no podríamos enfrentar el problema de la seguridad”.

Y, hoy, el Ejército es propietario de la empresa que construye el aeropuerto de Santa Lucía, el cual va a operar, administrar y explotar: controlará las operaciones civiles y comerciales, desarrollará y aplicará el plan de negocios.

Es decir: si los padres de los estudiantes asesinados, ONGs, investigadores extranjeros de la CIDH, Nestora Salgado, Félix Salgado Macedonio… saben contar, que ya no cuenten con que el Ejército mató y cremó a los 43.

Nestora Salgado, decía que “hay videos de que participó el Ejército, los gobiernos siguen callados, debería de habérsele cuestionado a los militares, y en eso yo no estoy de acuerdo”.

Pero resulta que el discurso cambió, incluso, hasta el del propio presidente, quien durante la campaña electoral le sugirió a Antopio Tizapa, padre de uno de los 43, que “el reclamo debe ser a las Fuerzas Armadas, a quienes intervinieron en ese crimen”.

Y también se quedó sin discurso el hermano de Irma Eréndira Sadoval, el abogado Netzaí Sandoval, quien presentó una denuncia contra el Ejército Mexicano por crímenes de lesa humanidad en la Corte Penal Internacional.

El hermano de Irma Eréndira (este es otro, eh; no el de la hacienda en Guerrero que no informó en su declaración de bienes como funcionario público) hizo la denuncia contra el Ejército por “desapariciones forzadas, torturas y ejecuciones extrajudiciales”.

Aunque al final son unas por otras. Por ejemplo, a la misma Nestora le ha ido muy bien. No sólo porque el Ejército al que acusaba de asesino la salvó de morir de COVID-19, al llevarla en avión a sus hospitales.

Y también porque ya nadie recuerda que era la comandanta en Guerrero de un grupo paramilitar con cárceles particulares donde trataba a sus prisioneros como los Jemeres Rojos de Camboya. Al contrario, hoy es titular de derechos humanos en el Senado.

Igual que otro que señalaba al Ejercito como asesino en Iguala, Salgado Macedonio, quien es titular de Defensa en el Senado. Se quedaron sin el Ejército como culpable, aunque hallarán otro.

Y, si no, construyen un monumento para los 43, y ya.