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Por Laura Garza

¿Quién entierra a los muertos? ¿En dónde queda más espacio para despedir a los próximos? ¿Hay alguien que todavía les ponga atención? ¿Por qué hay gente que aún se ríe de quienes creen en el Covid?

La imagen de hoy es para reflexionar, no para analizarla. Hoy no entraré en el tema técnico o de interpretación, en este último viernes de agosto, cuando recién se cumplen los primeros seis meses desde que llegó el virus a nuestro país con el primer contagiado.

Esta vista de las tumbas en el Panteón Municipal de Chalco, en el Estado de México que nos presenta el fotoperiodista José Méndez es un ejemplo de muchos otros cementerios en nuestro país.

La gente que acude sin ningún tipo de cuidado, todos a la intemperie con sonrisas o miradas que solo buscan algo que sacie el morbo a su alrededor, y una gran mayoría que dan la espalda a esos tres profundos hoyos.

La indiferencia también mata - chalco-panteon-muerto-covid-19
Foto de EFE/ José Méndez

¿Cómo dividimos los casi 63 mil muertos para enterrarlos en esas tres fosas? ¿Cómo ampilamos los cuerpos o cómo se vacían las cenizas en un solo espacio?

Cada tarde el número se actualiza, la cifra se vuelve más tormentosa y nadie se responsabiliza. Como diríamos los mexicanos “la bolita” se la pasan de un lado a otro.

Si hiciéramos el ejercicio, serían casi 21 mil personas que tendrían que ser colocadas en cada uno de los espacios, tan solo para poder imaginar a quienes han perdido la vida en hospitales, en sus casas o en el abandono.

El COVID-19 ha sido un virus difícil de controlar para las organizaciones más avanzadas en temas de salud, para los países señalados como las grandes potencias y por supuesto, para todos los hombres y mujeres que solo deberían de seguir las principales medidas de prevención, como la sana distancia, el cubrebocas y el menor posible contacto con todo aquello que pudiera estar infectado.

Una foto que ignora el dolor de quien perdió a su padre, a su madre, a sus abuelos, a sus hermanos, a sus hijos o a sus parejas. Un acto repetitivo hoy en día, que pareciera no interesar a muchos.

Debería de ser una tragedia cada palazo que dan los trabajadores de los panteones, debería de doler el corazón y la falta de empatía de las autoridades y también de la misma sociedad.

Podríamos pensar en nombres, en Raúl, Francisco, Daniel, Alejandro, Patricio, Pedro, Rodrigo, Rogelio, Alberto, Carlos, Porfirio, Mariana, María, Camila, Luisa, Alejandra, Leticia, Lupita, Guillermo, Juan, Francisca, o Rodolfo Pardo, quien a sus 81 años recién falleció y su nieta Flor, aún recuerda cuando inició con los primeros síntomas y dudaron llevarlo al hospital por miedo a la saturación y a la falta de equipo en los centros médicos.

Imagínese que somos esa foto, un país entero en un solo cuadro, donde millones de personas miramos de re ojo y con recelo a la muerte, que pareciera que el virus se acerca día con día más a nuestros hogares, pero seguimos allí, sin cubrebocas, estando al día, pero sin intenciones de cuidarnos de a de veras, de esas que sí nos hacen ponernos los cubrebocas, de guardar sana distancia en lugares concurridos, y de no reír, sino de actuar cautelosamente.

Somos los que vemos sepulcros en montones de tierra, y no nos asombra. Somos los que le damos la espalda a quien se ha quedado sin trabajo a causa de la pandemia, o los que vemos a distancia con los brazos cruzados esperando que alguien más haga algo porque en realidad, hacerlo uno, cuesta.

Somos los que ayudamos a quienes cavan las tumbas, porque salimos sin el cubrebocas, sin gel antibacterial, porque tosemos o hablamos sin pensar en los que van a lado. Entonces nos convertimos en quienes, sin pensar, propagamos la muerte.

Todos los mexicanos estamos llenos de tierra, de esa que los panteones remueven todos los días. La respiramos y no nos damos cuenta, vemos la muerte y pareciera que le hemos perdido el miedo.

Somos muchos en una sola foto, y podría decirle que la indiferencia también mata.