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En un gobierno que se comunica mucho con refranes, la decisión de empoderar a Gatell con 13 oficinas que no tenían que ver con su cargo, responde al dicho de “a quien no quiere caldo, tres tazas”.

Porque existe un clamor para que Gatell sea sustituido como vocero de la pandemia: desde la posición editorial de TV Azteca (destacada contratista del gobierno) hasta el pedido de “salida inmediata” de 10 gobernadores.

“Se lo decimos con todas sus palabras, ya no le haga caso a Hugo López-Gatell”, solicitó a su audiencia TV Azteca, cuyo dueño fue uno de los ocho exclusivos contratistas del gobierno que el presidente llevó en su visita a Trump.

Y los gobernadores exigen su renuncia porque “ha asfixiado las economías locales, porque nunca se quiso atender esta pandemia de manera coordinada y con recursos extraordinarios”. Pero el presidente ha dado a Gatell un poder inmenso.

¿No querían a Gatell? Pues cambió la ley para darle la dirección de Coprefis, que no dependía jerárquicamente del gobierno central y tenía competencias y facultades autónomas.

Un salvoconducto para otorgar por inspiración divina los contratos de farmacias, fábricas, almacenes de medicamentos, dispositivos médicos, suplementos alimenticios, remedios herbolarios, fórmulas para lactantes, ambulancias, laboratorios clínicos; hospitales, clínicas, consultorios…

Eso, en un gobierno que designa a dedo (y sin transparentar las decisiones) a las empresas beneficiadas con el 77.2 por ciento de los negocios realizados con dinero público, lo cual propicia el tráfico de influencias, la corrupción, y la impunidad.

Sin embargo, los dos ejes anti corrupción de la campaña electoral del hoy presidente fueron prohibir las adjudicaciones directas de contratos y transparentar las licitaciones públicas en las compras gubernamentales.

Por supuesto que la decisión de empoderar y otorgar control de lana a Gatell tiene un notable ingrediente de las características personales del mandatario, quien gobierna con base en el voluntarismo del ordeno y mando, sin contrapesos.

“Pues yo no estoy de acuerdo. No voy a hablar, ya saben que yo soy terco, hasta que escuchen. Ya no voy a poder seguir hablando, porque así no se puede. ¿Me van a escuchar?”, advirtió en la plaza pública el presidente el 1 de marzo pasado.

Pero en el nombramiento pesa más su divisa para gobernar, que privilegia la lealtad sobre el talento, en la que considera al talento “honestidad” y a la inteligencia “experiencia”, afirmando que “es 90 por ciento de honestidad y 10 de experiencia”.

Y para Gatell, el mandatario es un ser sobrenatural, por ejemplo, ante la pandemia de Covid-19 que ha matado a casi 60 mil mexicanos y a un millón de personas en el mundo: “La fuerza del presidente es moral, no es una fuerza de contagio”.

Ahí está todo el detalle.

En un gobierno que se comunica mucho con refranes, la decisión de empoderar a Gatell con 13 oficinas que no tenían que ver con su cargo, responde al dicho de “a quien no quiere caldo, tres tazas”.

Porque existe un clamor para que Gatell sea sustituido como vocero de la pandemia: desde la posición editorial de TV Azteca (destacada contratista del gobierno) hasta el pedido de “salida inmediata” de 10 gobernadores.

“Se lo decimos con todas sus palabras, ya no le haga caso a Hugo López-Gatell”, solicitó a su audiencia TV Azteca, cuyo dueño fue uno de los ocho exclusivos contratistas del gobierno que el presidente llevó en su visita a Trump.

Y los gobernadores exigen su renuncia porque “ha asfixiado las economías locales, porque nunca se quiso atender esta pandemia de manera coordinada y con recursos extraordinarios”. Pero el presidente ha dado a Gatell un poder inmenso.

¿No querían a Gatell? Pues cambió la ley para darle la dirección de Coprefis, que no dependía jerárquicamente del gobierno central y tenía competencias y facultades autónomas.

Un salvoconducto para otorgar por inspiración divina los contratos de farmacias, fábricas, almacenes de medicamentos, dispositivos médicos, suplementos alimenticios, remedios herbolarios, fórmulas para lactantes, ambulancias, laboratorios clínicos; hospitales, clínicas, consultorios…

Eso, en un gobierno que designa a dedo (y sin transparentar las decisiones) a las empresas beneficiadas con el 77.2 por ciento de los negocios realizados con dinero público, lo cual propicia el tráfico de influencias, la corrupción, y la impunidad.

Sin embargo, los dos ejes anti corrupción de la campaña electoral del hoy presidente fueron prohibir las adjudicaciones directas de contratos y transparentar las licitaciones públicas en las compras gubernamentales.

Por supuesto que la decisión de empoderar y otorgar control de lana a Gatell tiene un notable ingrediente de las características personales del mandatario, quien gobierna con base en el voluntarismo del ordeno y mando, sin contrapesos.

“Pues yo no estoy de acuerdo. No voy a hablar, ya saben que yo soy terco, hasta que escuchen. Ya no voy a poder seguir hablando, porque así no se puede. ¿Me van a escuchar?”, advirtió en la plaza pública el presidente el 1 de marzo pasado.

Pero en el nombramiento pesa más su divisa para gobernar, que privilegia la lealtad sobre el talento, en la que considera al talento “honestidad” y a la inteligencia “experiencia”, afirmando que “es 90 por ciento de honestidad y 10 de experiencia”.

Y para Gatell, el mandatario es un ser sobrenatural, por ejemplo, ante la pandemia de Covid-19 que ha matado a casi 60 mil mexicanos y a un millón de personas en el mundo: “La fuerza del presidente es moral, no es una fuerza de contagio”.

Ahí está todo el detalle.