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Mercedes Barcha era la otra fiesta de las palabras que había en su casa.

Una fiesta de conversación sin altibajos, rebosante de historias, memorias, malicias y preguntas que iban tan al corazón de los asuntos que ya llevaban dentro su respuesta.

Tenía la extraña soberanía de presencia de las mujeres que han sido hermosas y bien queridas, y conservan y transmiten una seguridad esencial sobre las cosas del mundo y sobre el lugar que ellas ocupan en él.

No recuerdo una mujer más dueña de sí, que ejerciera en su entorno una autoridad tan natural, a la vez indesafiable y suave, sobre tantas cosas: lo mismo la calidad de una sopa que de una persona, de un vino que de un país, de una ciudad que de un foie, de un agua de horchata que de un escritor, de una joya que de una perfidia, de una orquídea que de un naranjo, no se diga de un arroz.

Supo que podría vivir en México cuando tomó el primer arroz rojo de la tierra en una fonda de cuarta de una ciudad de cuarta de la frontera.

En la gloriosa sencillez de aquel arroz encontró la certeza de que podría vivir bien en el país al que entraba, en el que vivió tantos años.

La inteligencia de Mercedes Barcha era una forma acabada de la intuición, un saber directo y vertical de las cosas.

Su radar captaba venturas y desventuras de una constelación increíble de personas, empezando por su familia a la que nunca dejaban de aparecerle ramas nuevas y viejas, historias y sucedidos.

Pero quizá el rasgo más profundo y entrañable de Mercedes Barcha era que, en medio de la privación o en medio de la fama, en las fiestas del éxito tanto como en la tristeza de las pérdidas, siempre supo quién era, de dónde venía, desde dónde miraba el mundo.

Estaba asentada cómoda y generosamente, como una diosa tutelar de lo cotidiano, sobre las cosas esenciales de la vida, el amor y la familia, la amistad y la mesa, y lo que le tocara del ancho mundo.

Era muy fácil quererla. La vamos a recordar largamente, conversando.