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Los agobios verbales y los sacrificios oratorios del Secretario de Salud, Jorge Alcocer, y su irremediable pánico escénico ya no son novedad alguna. Nos hemos acostumbrado a su penosa comparecencia revestida de tino científico, pero lo de ayer, si no fue un acto fallido, fue la peor de sus pifias.

Orondo y en plan de quedar correctamente ante su jefe y sus colenas del gabinete, tropezó cuando quiso hablar de la nueva normalidad (concepto indefinido si los hubiera), y se refirió a la nueva mortalidad. Cuando quiso corregir, y hasta perdón pidió, ya era demasiado tarde.

Como sierpes veloces las sílabas habían salido de sus labios.

Esto dijo:

“Este es un plan progresivo para el reinicio de actividades sociales, económicas, escolares, bajo los principios siempre de claridad, seguridad y certidumbre, saben ustedes, lo vamos a mostrar que se privilegiará siempre la salud y la vida.

“Vayamos hacia esa nueva mortal… perdón, normalidad”.

Obviamente las tijeras del fígaro censor suprimieron ese traspiés en la transcripción estenográfica, pero en el mundo de las grabadoras y las cámaras ubicuas, no es posible mutilar un discurso. Ni este.

Quizá se haya debido aun simple error producido por el nerviosismo. Hay personas cuya actitud ante la palabra pública es siempre ardua. Simplemente no encaja en su temperamento y está bien, no todos somos Demóstenes o “Pico de oro”.

Pero el hecho de presentar este ablandamiento de las medidas de reclusión domiciliaria y apertura gradual de algunas actividades cuya prioridad recién se descubre –casualmente cuando los Estados Unidos así lo disponen–, en el día de mayor mortandad en la breve historia de esta epidemia mal calculada y peor contabilizada, quizá era una idea recurrente en la cabeza del gran científico nacional.

Como todos sabemos, un acto fallido es cuando la expresión verbal –en ciertos casos—no se construye con el raciocinio, sino con el impulso del inconsciente. Se llama también desliz inconsciente. Al menos eso dijo el doctor Sigmund Freud quien –dicho sea de paso–, no tenía la menor idea de cómo tratar una epidemia viral.

Hay una historia frecuente en los ejemplos de los actos fallidos. Una asociaron en la cual las palabras no razonadas, un deseo escondido en la profundidad subconsciente:

“Un señor, conversando una noche con una joven viuda sobre los grandes preparativos que se hacían en Berlín para la celebración de las fiestas de Pascua, preguntó a su interlocutora:’

“¿Ha visto Ud. hoy el escaparate de Wertheim? Está muy bien descotado.

“No habiendo podido expresar en voz alta su admiración ante el descote (escote) de la bella señora. su pensamiento retenido se había abierto paso aprovechando la semejanza de las palabras descotadoy decorado y transformando la decoración del escaparate de una tienda en un descote.

“La palabra escaparate fue también empleada en la frase con un inconsciente doble sentido(obviamente frente a la turgente exhibición del tetamen de la viuda)”.

Pero el gobierno, con buena o mala comunicación, ha saturado las horas y los mensajes con su proyecto de aperturas graduales y con el innecesario y cursi bautizo de los “municipios de la esperanza” cuyas actividades se reanudarán a partir de los días venideros. La única esperanza es no caer en contagios masivos debido a la circulación de personas provenientes de municipios desesperanzados. Lo demás, es humo.

Y por cuanto hace al programa de semáforos resulta realmente notable. Tomando en cuenta la no obligatoriedad de todos esto, pues nos ha dicho el señor Presidente de la absoluta libertad hasta para las restricciones sanitarias, lo cual quiere decir si pero no, valdría la pena saber si el virus es capaz de pasarse un alto.

Si los virus son capaces de infiltrarse a través hasta de la porcelana (no la borcelana), con mucha mayor razón serían transgresores de esta semaforización. ¿Pero Don Covi sabrá todo esto?

Mientras tanto los gobernadores toman cada uno su ruta. Un ejemplo de esto se ve en Sonora, donde la gobernadora Claudia Pavlovich ha llamado a los empresarios y les ha dicho:

“Necesito, de verdad, de la propia corresponsabilidad de las empresas, los necesito a todos ustedes siendo muy solidarios en esta reapertura; verificar 116 mil unidades económicas es una tarea que se vislumbra enormemente compleja. Los empresarios deben ser auto verificadores, observarse a sí mismos con los ojos más críticos y los más responsables. Creo que todos sabemos que un rebrote tendría consecuencias desastrosas en la salud y en la economía”.

Rebrote y rebote, he ahí el dilema.