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Nos hemos vuelto seres de cambio, de no ser iguales que hace un año o dos o tres, elegimos entre múltiples opciones para todo bajo la misma premisa, de que nuestras propias necesidades y expectativas estén satisfechas y superadas.

Hemos olvidado a estar con el “yo” a solas y en silencio. Nos hemos acoplado mejor a estar acompañados de “seguidores” virtuales que nos acompañan de laguna u otra manera en nuestro día a día, así que eso de estar solos, no lo estamos.

Cargamos con el celular para todas partes, desde que paramos de la cama hasta que vamos al baño. Nuestros dedos cada vez son más ágiles para escribir, cambiar de pantalla, lanzar un tweet, crear un Tik Tok, responder un whatsapp y ver el último meme de moda.

Pero así como ganamos habilidades y rapidez, hemos perdido la capacidad de poder ver al otro, de escuchar al que en cercanía te habla y al perro que te mueve la cola para que juegues con él y no para que le hagas un video para subir a Instagram.

Curiosamente nos hemos convertido en seres sociales en redes virtuales, pero no en las reales, las que tienen cinco sentidos.

Estar en casa nos obliga a sentarnos a convivir, a dejar el teléfono de lado, a prender la televisión y volver a encontrar el clásico debate de qué ver en una sola pantalla, todos al mismo tiempo, viendo lo mismo.

¿Saben? Eso está bien.

Otro nuevo factor es el tiempo, pareciera que va lento, que las 12 horas despierto es un esfuerzo. A lo que me llevó a pensar en que ayer, o antier o a inicios de la semana pasada que comenzamos a guardarnos en casa no teníamos tiempo, hoy sí lo tenemos.

No hemos puesto atención en que nuestro tiempo lo hemos donado, lo entregamos, lo vendimos, lo esclavizamos al trabajo, a la vida social, al jefe que no deja de llamarnos, o a los miembros del equipo de trabajo que no dejamos de llamarlos para verificar si han cumplido con sus tareas.

El tiempo dejó de ser nuestro.

Ahora que lo tenemos, nos damos cuenta que no sabemos qué hacer con él, como si fuéramos unos padres primerizos saliendo del hospital con un bebé en brazos.

¿Y ahora?

Quienes somos free lance sufrimos por saber que nuestros ingresos se detendrán, pero del otro lado de la balanza, también tendremos tiempo para crear y salir más fuertes.

Quienes somos padres, tenemos la fortuna de que los pequeños nos harán recordar esto del tiempo perdido, esto de lo innecesario que es cargar con el móvil a todos lados, de eso que a veces pensamos que los “seguidores” virtuales están esperando a saber qué hacemos y qué pensamos.

En fin, son tiempos de reiniciarnos, de apagar y reiniciar pensamientos, rutinas, costumbres y deseos.

Darle la vuelta al tema, ser muy precavidos y aprender que mis acciones sí perjudican al otro, al vecino, al que no conozco, y a la familia de enfrente que no sé cómo se llaman pero los veo desde mi ventana.

Solidarizarnos, como el mismo planeta no lo está demostrando. Todo el mundo a quedarse en casa, que podemos ser más que ese virus.

Ojalá, porque en realidad, no estamos encerrados, estamos liberados.