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Andrés Manuel López Obrador dijo ayer: “No hemos declarado la guerra a nadie, solo a la corrupción y a la impunidad”.

Reiterativo en que tales flagelos marcaron a los gobiernos “neoliberales”, solo del primero consta el combate frontal mediante políticas de austeridad, ahorro y compras consolidadas.

Del segundo hay frágiles indicios: contra Emilio Lozoya porque dizque recibió sobornos de Odebrecht, y la ex secretaria de Sedesol y Sedatu, Rosario Robles (nadie más, pese a que la llamada “estafa maestra” implica a varias decenas de presumibles “corruptos”, entre éstos rectores de universidades públicas, y otros ex secretarios y ex directores de dependencias federales).

Si fuera cierto que en la abortada construcción del aeropuerto en Texcoco hubo “corrupción” (negada por el secretario de Comunicaciones de la 4T), ningún ex funcionario ni contratista relacionado con aquel proyecto ha sido tocado con el pétalo de alguna diligencia ministerial, y las mismas empresas (que fueron debidamente compensadas) han sido invitadas a participar en otras importantes obras públicas.

Impunes por cierto, asimismo, continuarían altos mandos del Ejército y la Marina Armada que, según repitió ayer, ordenaron asesinatos en masa. Terminaron ya, sostuvo en su mensaje de primer año en la Presidencia, “los tiempos aciagos de la corrupción, los contratos leoninos, la condonación de impuestos, los fraudes electorales, el abandono a los jóvenes, el racismo, el desprecio a los pobres y del mátalos en caliente”.

Omitiendo que fue a ruego del entonces gobernador de Michoacán, hoy su jefe de asesores, Lázaro Cárdenas Batel, que Felipe Calderón puso a los militares a perseguir delincuentes, afirmó que en su gobierno se “ordenó ajusticiamientos, masacres y exterminio. Se les decía a los oficiales: ‘ustedes acábenlos y nosotros nos encargamos de los derechos humanos’”. Las Fuerzas Armadas, prometió, “no volverán a ejecutar órdenes ilegales e inhumanas”.

Impunidad campante: su dicho entraña crímenes imprescriptibles de lesa humanidad y los presuntos culpables (igual que la oficialidad nazi al término de la Segunda Guerra Mundial) debieran ser llevados a la cárcel.

Como sea, el énfasis que el Presidente imprime a terminar con la corrupción explica su marcado empeño por colocar gente honrada en los puestos que más le interesan (“honestidad valiente” fue su lema de muchos años), y de su repulsión al enriquecimiento a costa del erario no hay un solo dato que permita dudar de ésta, su más acendrada convicción.

De ahí su traspié del jueves reciente, en la mañanera, que explica una de las deficiencias más notables de su equipo de mayor confianza, dijo que valora “90 por ciento honestidad, 10 por ciento experiencia”. Y se ufanó: “¿Cómo la ven?”.

Con la pena pero mal: siempre será mejor un cirujano “corrupto” pero experimentado que un aprendiz “honrado…”