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La semana pasada escribía en este espacio que el cambio más importante en el gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador se está dando en el ámbito de la política, con el rescate de la autoridad del Estado para ponerla por encima de cualquier otro poder en el país.

Me parece que esa idea permea en el mensaje del domingo. Se revela desde los primeros párrafos, cuando el presidente destaca la separación del poder político del económico, lo que en realidad significa subordinar el dinero a la acción el Estado.

Si en la ortodoxia neoliberal, el Estado fue concebido como un freno para el desarrollo, en la lógica del Presidente es el garante del interés general que “debe estar por encima del interés particular, por legítimo que este sea”.

Según los neoliberales, el Estado obstaculiza el buen funcionamiento de los mercados y la libre competencia que son, a su entender, la única fuente real de bienestar para la sociedad. Para el Presidente esto es hipocresía pues “al Estado le corresponde promover y encauzar el desarrollo económico nacional” y “atemperar las desigualdades sociales”.

Si el interés general, para los neoliberales no es más que la suma de los intereses individuales, en la visión del Presidente es lo que nos define como nación, una suerte de síntesis pura e incorruptible de nuestra esencia.

Tal vez la mayor victoria “cultural” del neoliberalismo fue haber convertido su visión del Estado en una verdad generalmente aceptada, incluso dentro de la izquierda. Desde la década de los 80 y hasta el surgimiento de movimientos antisistema, pasando por la Gran Recesión de 2008, muy pocos cuestionaron ese axioma.

En nuestro país, Andrés Manuel López Obrador siempre lo hizo y ahora, como presidente, está embarcado en una cruzada para sepultar esa “verdad” y reivindicar el papel del Estado en el desarrollo nacional.

Aunque ahora el espíritu de los tiempos ha cambiado, con la crisis mundial del paradigma neoliberal, el reto para el Presidente es enorme. Cuando de la acción del Estado no solo depende el bienestar material de las personas sino también el de su alma, como dijo el Presidente el domingo, las posibilidades de un desencanto son igualmente grandes.