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La muerte de 22 personas, entre ellas ocho mexicanos, por el ataque en El Paso, a manos de un terrorista que dijo actuar ante la amenaza de una “invasión hispana a Texas”, trae a casa el tema de los crímenes de odio, cada vez más frecuentes en Estados Unidos.

Es cierto que el miedo que nutre ese odio no inició con Trump, pero también es verdad que el presidente, lejos de asumir una posición contra esas fobias raciales, las ha avivado.

Tras la masacre de El Paso, Trump condenó el racismo, el fanatismo y la supremacía blanca, como jamás lo había hecho. Sin embargo, eludió tomar una postura contundente en el tema de las armas. Además, atacó en Twitter a los medios como si la realidad fuera distinta a lo que ellos presentan.

La respuesta inédita de Trump podría indicar que estamos ante un punto de inflexión. Pero a juzgar por lo que ha pasado en otros casos, más bien es previsible que retome su actitud —en el mejor de los casos, ambigua— frente a la discriminación y al odio racista. Así fue hace dos años con el choque entre supremacistas blancos y sus opositores. Lejos de culpar directamente a los supremacistas, el presidente prefirió igualar los bandos para repartir culpas.

Recientemente, Trump repitió el patrón al provocar a sus seguidores contra cuatro congresistas demócratas de minorías étnicas. Lanzó la piedra y luego escondió la mano diciendo que no avalaba las consignas de quienes exigían que una de ellas fuese expulsada a su país de origen, pero al final volvió a la carga.

Con un presidente en campaña que ha dicho que no le preocupa ser considerado racista pues “muchas personas están de acuerdo” con él, y con una base social en cuyo núcleo resuena ese mensaje, lo más probable es que el discurso antiinmigrante se mantenga. Lamentablemente, con una legislación laxa en materia de armas, tampoco puede descartarse otro ataque contra nuestros compatriotas.

Aunque la reacción de México está siendo amplia y decidida, si las agresiones continúan, la exigencia que hoy se dirigió al gobierno de Estados Unidos para que condene clara y contundentemente los crímenes de odio tendría que extenderse al discurso que los incita y al que Trump le ha dado curso.