LEOPOLDO GÓMEZ

De las redes a las calles

De las redes a las calles


Como ahora, hace poco más de dos años había mucho enojo e indignación en México. Miles de personas salieron a las calles en solidaridad con los familiares de los normalistas desaparecidos. Parecía el despertar de la sociedad civil y el aviso de una ola creciente de protestas masivas. No fue así.

Al final, como ya lo expresé en este mismo espacio, el desfogue del descontento, la gran catarsis social, se dio más en las redes que en las calles. Movidas más por indignación que por agravios concretos, sin objetivos claros o realistas y sin un liderazgo que les diese sentido y dirección, las protestas lejos de crecer, se diluyeron.

Hoy la situación parece distinta: al acentuado descrédito de los políticos se suma el golpe del alza en los precios de las gasolinas; a la irritación por la gestión gubernamental y por el cinismo en el mundo político se añade un agravio tangible. Además, durante las protestas se ha ido delineando un objetivo claro: la anulación de los aumentos.

Así, las condiciones son más propicias para el tránsito del enojo desde las redes hasta las calles, como ha sido evidente en estos primeros días del año. La furia en las plataformas sociales se refleja en marchas, bloqueos y hasta en rapiña. Las redes han servido para socializar el costo de los aumentos, expresar el descontento y convocar protestas y saqueos (también para difundir mentiras).

Sin embargo, me parece que para que esta ola de protestas pueda mantenerse y trascender como un movimiento capaz de sacudir el sistema político, sigue haciendo falta un liderazgo que las vertebre y las encauce. Sin él, las protestas tenderán a disminuir. Cierto, este desenlace no será inmediato y, mientras, las protestas pueden volver a salirse de cauce o desvirtuarse. Pero al final ni la gasolina habrá bajado de precio ni habrá surgido un movimiento que perdure.

Lo que difícilmente se diluirá es el enojo acumulado. Por fortuna, a pesar del desencanto con los partidos y con la democracia misma, las elecciones aún ofrecen una avenida para canalizar institucionalmente ese malestar.